Por: Rodrigo Pujol Del Toro
¿Qué pasaría si antes de comenzar nuestra vida alguien sacara una tómbola y decidiera qué papel nos tocará interpretar? ¿Seríamos capaces de cambiarlo o estaríamos condenados a representar el personaje que nos fue asignado? Esa es una de las preguntas que atraviesan “El Gran Teatro del Mundo”, una puesta en escena que toma como punto de partida el clásico de Pedro Calderón de la Barca para convertirlo en un espectáculo contemporáneo donde el humor, la música, el cabaret y la crítica social se encuentran sobre el escenario.

La obra, que llegará al Teatro Sergio Magaña del 22 de agosto al 13 de septiembre, propone un juego teatral en el que ricos, pobres, trabajadores y figuras de poder se enfrentan a una pregunta que sigue siendo incómodamente actual: ¿cuánto de nuestra vida depende de nuestras decisiones y cuánto está determinado por el lugar que nos tocó ocupar en la sociedad? La adaptación y dirección de Andrés Carreño utiliza la sátira para hablar de privilegios, desigualdad y movilidad social sin convertir la reflexión en un discurso solemne.
Para Tamara G. Cano, formar parte de este proyecto comenzó con una experiencia muy particular. La actriz llegó a la puesta después de participar en el proceso de selección del Carro de Comedias de TeatroUNAM, uno de los proyectos que llevan el teatro a distintos espacios y públicos. El momento en que recibió la noticia de que había sido seleccionada quedó marcado por una llamada de su mejor amiga, Mabel, quien anteriormente había formado parte del proyecto. “Lloramos las dos de mucha emoción”, recuerda Tamara al hablar de ese momento que sintió como una especie de relevo artístico entre amigas.
La experiencia también le permitió descubrir una de las grandes riquezas del proyecto: llevar el teatro a personas que quizá nunca habían tenido contacto con él. Tamara recuerda como un verdadero regalo la posibilidad de presentar la obra en numerosas ocasiones y encontrarse con públicos diversos, desde espectadores habituales hasta personas que nunca habían visto una función teatral. Esa experiencia de contacto directo con la audiencia es particularmente importante para una puesta que utiliza el humor como puerta de entrada a temas que, fuera del escenario, pueden resultar mucho más difíciles de abordar.
Pero aunque “El Gran Teatro del Mundo” conserva la estructura esencial del clásico de Calderón, la propuesta está lejos de ser una reproducción del texto barroco. Andrés Carreño realizó una nueva adaptación que traslada la pregunta del libre albedrío al México contemporáneo y la confronta con una realidad en la que la posibilidad de cambiar de clase social no siempre depende únicamente del esfuerzo individual. La obra pone sobre la mesa una contradicción particularmente fuerte: una sociedad que constantemente promete que cualquiera puede avanzar, mientras las condiciones económicas y sociales pueden hacer que ese movimiento sea extraordinariamente difícil.

“¿Qué es el libre albedrío en una sociedad que te mete la idea de querer avanzar de clase o subir de clase social, pero constantemente te demuestra que es un poco imposible?”, plantea Tamara durante la entrevista. La pregunta resume buena parte de la tensión de la puesta: si nuestras posibilidades están condicionadas por el lugar donde nacemos, ¿hasta dónde podemos decir que somos completamente libres?
La apuesta, sin embargo, no consiste en convertir el teatro en una conferencia sobre desigualdad. Ahí aparece uno de los elementos que Tamara considera fundamentales: la comedia. El director Andrés Carreño, quien también cuenta con experiencia en el cabaret, utiliza la ironía para provocar una reacción doble en el espectador. Primero llega la risa y después puede aparecer la incomodidad de descubrir exactamente de qué nos estamos riendo. Es una estrategia que permite hablar de injusticia, privilegios y poder sin perder el carácter festivo y lúdico del espectáculo.
Tamara interpreta dos personajes dentro de la puesta. Uno de ellos es “La Discreción”, personaje relacionado con la religión que, en esta versión, es llevado al universo contemporáneo de las redes sociales, el placer y la necesidad de vender o comunicar una determinada idea de fe. El segundo es “La Infancia”, que interpreta mediante un títere que cobra vida en escena y que abre otra pregunta: ¿por qué tantas veces los adultos hablan sobre las infancias sin permitir que ellas mismas tengan voz?
La presencia de estos personajes permite que la actriz explore dos dimensiones distintas de la obra. Por un lado, la sátira de instituciones y discursos que forman parte de nuestra sociedad; por otro, la mirada hacia quienes tienen menos posibilidades de intervenir en las decisiones que afectan su propia vida. La religión, la infancia, la pobreza, la riqueza y el poder terminan formando parte de un mismo tablero donde los personajes parecen jugar una partida cuyas reglas fueron establecidas antes de que ellos llegaran.
Y quizá ahí se encuentra la pregunta más poderosa que “El Gran Teatro del Mundo” quiere dejarle al público. No se trata únicamente de saber si tenemos libertad, sino de preguntarnos qué decisiones estamos tomando realmente y cuáles estamos permitiendo que otros tomen por nosotros. Tamara espera que los espectadores salgan primero divertidos, después reflexivos y, quizá, un poco incómodos frente a sus propias decisiones.
“Divertirse mucho y reír mucho con nosotros” es parte de la invitación de la actriz. Pero detrás de esa invitación hay una pregunta mucho más profunda: si la vida es un escenario y todos recibimos un papel, ¿qué hacemos cuando descubrimos que no estamos de acuerdo con el personaje que nos asignaron?
“El Gran Teatro del Mundo” se presentará del 22 de agosto al 13 de septiembre, los sábados y domingos a las 13:00 horas, en el Teatro Sergio Magaña, en Santa María la Ribera. La producción de TeatroUNAM y Cabaret Misterio, con adaptación y dirección de Andrés Carreño, reúne a David Barrera Bautista, Tamara G. Cano, Rosa Luna, Paulina Márquez, Marlon Perzabal, Marco Favio y Lucía Ximbo, en una propuesta que utiliza el teatro para hacer algo que quizá resulta cada vez más necesario: reírnos de nuestra realidad para atrevernos a cuestionarla.




