Grupo Carolo presenta un nuevo menú que consolida la identidad de sus dos sedes más icónicas; una propuesta de «lujo honesto» que fusiona la cocina internacional con acentos mexicanos, elevando el «fine dining» a una experiencia cotidiana en Polanco y la Roma.
Por: Rodrigo Pujol
En el dinámico escenario culinario de la Ciudad de México, existen espacios que no solo sirven alimentos, sino que construyen historias. Blanco Castelar y Blanco Colima, los pilares de Grupo Carolo, han iniciado una nueva etapa que busca regresar a la pureza del origen. En Thunder analizamos este movimiento estratégico que unifica la carta de ambos recintos bajo un concepto poderoso: el «plato blanco», una filosofía donde la sobriedad del montaje cede todo el protagonismo a la honestidad del producto.
Esta evolución no intenta inventar un hilo negro, sino reafirmar la consistencia que ha hecho de «Los Blancos» un referente en México y Estados Unidos. La propuesta se define ahora como una cocina para todos los días, donde el confort y la elegancia conviven sin pretensiones. Aunque la base es internacional, el corazón de la carta late con fuerza mexicana, especialmente en su sección de botanas, donde sabores vibrantes aportan esa cercanía necesaria para convertir una cena casual en una celebración del paladar.
La maestría técnica de esta nueva era se refleja en platos que ya se perfilan como los nuevos clásicos de la casa. Destacan las empanadas de short rib braseado con chimichurri de hoja santa —un guiño directo a nuestra herencia—, el equilibrio del tartar de atún y la impecable ejecución del filete Wellington, una pieza que exige respeto por el oficio. Para el Chef Ejecutivo de Grupo Carolo, Miguel Dávila, el lujo real no reside en el costo, sino en la autenticidad y el confort que un platillo bien ejecutado brinda al comensal.
En Thunder celebramos que la alta cocina se vuelva accesible y constante. Al estandarizar la calidad, las porciones y los precios en ambas sedes, Grupo Carolo demuestra que la excelencia no tiene por qué sentirse lejana. Ya sea en la majestuosidad de Polanco o en la vibrante atmósfera de la Roma, Blanco Castelar y Blanco Colima nos invitan a volver una y otra vez, recordándonos que el mejor ingrediente de un plato es, sencillamente, la verdad de su sabor.
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