De diciembre a abril, la bahía se convierte en hogar temporal de las ballenas jorobadas, protagonistas de uno de los espectáculos naturales más impactantes del año.

Escrito por: Rodrigo Pujol Del Toro
Cada invierno, Puerto Vallarta cambia el ritmo y afina los sentidos. Entre diciembre y abril, la ciudad se transforma en un escenario natural privilegiado con la llegada de las ballenas jorobadas, la cuarta especie de ballena más grande del mundo y famosa por tener los cantos más prolongados del reino animal. Su arribo a la Bahía de Banderas no solo marca temporada alta de avistamientos, también renueva el vínculo profundo entre el destino y el océano.
Estas gigantes del mar recorren miles de kilómetros desde las frías aguas del norte siguiendo una de las migraciones más largas del planeta, impulsadas por el instinto de reproducirse y dar a luz en mares más cálidos. La bahía ofrece el refugio perfecto: aguas templadas, tranquilas y ricas en vida marina, un santuario natural donde las ballenas descansan y cuidan a sus crías durante sus primeras semanas.
Uno de los detalles que más fascina a científicos y viajeros es que cada ballena jorobada es única. Las manchas en la parte inferior de su cola forman patrones irrepetibles —su propia “huella digital”— que permiten identificar a los mismos ejemplares que regresan año con año, convirtiendo cada reencuentro en una historia que se repite con emoción.
La experiencia se vive desde embarcaciones autorizadas para avistamiento, guiadas por expertos que respetan la distancia y los tiempos de estos cetáceos. El momento cumbre llega cuando una ballena salta fuera del agua y deja ver, por unos segundos, la magnitud de su cuerpo. Otro instante inolvidable sucede bajo la superficie: a través de un hidrófono, es posible escuchar sus cantos profundos y envolventes, sonidos hipnóticos que los machos emiten para comunicarse a grandes distancias.
En cada aletazo, en cada salto y en cada canto, Puerto Vallarta reafirma su identidad como un destino donde la naturaleza marca el ritmo. Aquí, el viajero no solo observa: se convierte en testigo de un ritual milenario que se renueva cada invierno y que invita a reconectar con el entorno.
Rodeado por la Sierra Madre Occidental, el destino combina océano, selva y montaña en una sola postal. Esa dualidad —tradición y modernidad, calma y aventura— se refleja también en su oferta turística: más de 50 actividades al aire libre, paisajes que van del Pacífico al bosque y una vida urbana que conserva el encanto de un pueblo mexicano con la infraestructura de clase mundial.
Puerto Vallarta: Pacific & Wild. Auténtico, extraordinario y vibrante. Porque hay historias que, para contarlas, primero hay que vivirlas. Y pocas se sienten tan poderosas como compartir el mar con las ballenas jorobadas.
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