Miriam Rodríguez forma parte del elenco de la obra que transforma el clásico conflicto sobre el derecho a enterrar a los muertos en una historia contemporánea sobre jóvenes sin oportunidades, narcotráfico, familia y resistencia frente al poder
Por: Rodrigo Pujol Del Toro
Un cadáver cuelga de un puente. La autoridad ha prohibido enterrarlo y quien se atreva a desobedecer enfrentará un castigo mortal. Frente a esa amenaza, una mujer decide que existen actos de humanidad que están por encima del miedo. Esa es la brutal premisa de “Ana en Tierra de Amapolas”, puesta en escena que llega al Foro Lenin de la Ciudad de México para recuperar uno de los grandes conflictos de la tragedia clásica y trasladarlo a una realidad contemporánea marcada por las drogas, la falta de oportunidades, la violencia y el poder.
La historia sigue a Ana, una mujer que después de huir a la ciudad regresa a Pueblo Viejo y se enfrenta nuevamente a las heridas que creyó haber dejado atrás. Al volver descubre el cuerpo de su hermano colgado de un puente y se encuentra con una orden del comandante Crescencio, jefe de la policía: nadie puede darle sepultura. Ana decide desafiarlo, enterrar a su hermano y colocar una ofrenda de Día de Muertos, convirtiendo una despedida familiar en un acto de resistencia.
Aunque el argumento establece inmediatamente un vínculo con Antígona, la tragedia de Sófocles sobre una mujer que desafía la orden del rey Creonte para sepultar a su hermano, la producción busca trasladar ese conflicto a circunstancias reconocibles en el presente. Miriam Rodríguez, integrante del elenco, explica que esa conexión es deliberada y forma parte de la propuesta desarrollada por la directora Lucía de Guadalupe Cancino.
“Es una adaptación que hizo la directora con base en la obra de Antígona y se trata del problema actual sobre las drogas, sobre los jóvenes que no tienen cómo acceder a trabajos o a recursos, a estudios, y pues deciden trabajar en este tipo de cosas”, explica Rodríguez en entrevista.
Una joven atrapada en las drogas

Rodríguez interpreta precisamente a una de esas personas que habitan los márgenes de Pueblo Viejo. Su personaje es una joven que ha terminado involucrada en la venta de drogas y cuya historia, explica la actriz, intenta mostrar que detrás de las decisiones de los personajes existen también circunstancias económicas y sociales.
“Mi personaje justamente es una chava que cayó ahí en las redes de la calle y trabaja vendiendo drogas”, señala.
Fue esa dimensión la que más interesó a Rodríguez al construir el personaje. En lugar de representarlo únicamente desde su actividad delictiva, la actriz buscó entender qué circunstancias pudieron llevarla hasta ahí y qué ocurre cuando una persona siente que ya no tiene posibilidades de escapar.
“Me gusta mucho que se ve la humanidad. Obviamente vemos que ya está atrapada en ese mundo, pero se ve que lo hizo por necesidad y ya no puede salir”, cuenta. Incluso recuerda una frase de su personaje que sintetiza esa sensación: “No podemos salir de esto y pues ni modo”.
La obra utiliza así una tragedia escrita hace siglos para plantear una pregunta contemporánea: ¿cuánto de una decisión individual puede comprenderse sin observar las condiciones en las que esa decisión fue tomada?
Para Rodríguez, una de las reflexiones que espera que surjan entre los espectadores tiene precisamente que ver con los jóvenes que terminan involucrados en contextos de drogas y violencia.
“Ojalá que puedan reflexionar sobre estos temas y que muchas veces no es culpa de los jóvenes, sino del sistema, que los orilla a que tengan que tomar ese tipo de decisiones”, afirma la actriz. Su comentario plantea la perspectiva de la intérprete sobre el montaje; la obra no pretende convertir esa afirmación en una explicación única de un fenómeno social complejo, sino utilizarla como parte de su exploración dramática.
Cuando enterrar a un hermano significa rebelarse
Pero el narcotráfico y la exclusión son sólo una parte de Ana en Tierra de Amapolas. En el centro continúa existiendo el conflicto que conecta la obra con Antígona: el derecho de una familia a despedirse de uno de sus muertos frente a una autoridad que intenta impedirlo.
Ana decide desafiar la prohibición. Para Rodríguez, esa acción trasciende el desafío político y entra en un terreno profundamente personal.
“La obra habla de que no dejan enterrar a un hermano. Entonces es la importancia también de que a los muertos se les respete, a pesar de lo que haya pasado, para que tengan como un final tranquilo y las familias también”, explica.
El entierro adquiere entonces dos significados. Es un acto íntimo de amor hacia alguien que ha muerto, pero simultáneamente se convierte en una rebelión contra una autoridad que pretende controlar incluso la manera en que los vivos pueden despedirse.
“A pesar de que te digan que no, tú puedas al final encontrar cómo lograrlo porque son motivos personales y además humanos”, añade Rodríguez.
La colocación de una ofrenda de Día de Muertos profundiza esa dimensión. En una historia atravesada por la muerte, el ritual aparece como una manera de recuperar la memoria y devolver dignidad a quien ha sido reducido públicamente a un cadáver que nadie puede tocar.
Construir la violencia desde el cuerpo
La puesta en escena también exige que sus intérpretes construyan físicamente ese universo. Rodríguez explica que existe un trabajo corporal importante para representar a determinados personajes vinculados con las adicciones, aunque aclara que no se trata propiamente de una coreografía de danza.
“Más que danza se requiere plasticidad para estos personajes que son los adictos, así les llamaremos”, explica.
La preparación incluyó conversaciones durante los ensayos sobre el contexto en el que ocurre la historia y posteriormente un trabajo individual de investigación. Rodríguez buscó referencias tanto para la apariencia física de su personaje como para comprender su comportamiento.
“En los ensayos platicamos sobre el contexto de la obra y con base en eso fuimos investigando. Yo siempre me pongo a investigar, por ejemplo, cómo se ve físicamente y ya cómo actuaría también dependiendo de eso”, cuenta.
El proceso fue también colectivo. El numeroso elenco intercambió propuestas durante los ensayos y, cuando surgían dudas sobre movimientos o construcción de personajes, los propios actores aportaban alternativas.
Para Rodríguez, esa colaboración fue posible gracias a un grupo al que define como profesional y abierto a escuchar.

Un Pueblo Viejo muy cerca del espectador
La elección del Foro Lenin, ubicado en Mérida 98, colonia Roma Norte, permite además reducir la distancia entre los acontecimientos de Pueblo Viejo y quienes observan la función.
Rodríguez ya había trabajado anteriormente en el espacio y destaca las posibilidades de modificar su configuración. Para esta producción optaron por una disposición que permite mantener al espectador cerca de lo que ocurre.
La proximidad es particularmente importante porque la propuesta visual tiene peso dentro del montaje. “La escenografía, el diseño de iluminación y de las imágenes que se van a mostrar son bonitas; se llegan a formar imágenes bonitas”, señala la actriz.
De esta manera, la violencia no es el único lenguaje de la producción. La puesta intenta construir imágenes que contrasten con la dureza del argumento y acompañen el tránsito entre tragedia y esperanza que propone la historia.
Una historia fuerte, pero profundamente humana
Rodríguez reconoce que Ana en Tierra de Amapolas aborda un tema difícil, pero insiste en que el montaje no pretende quedarse únicamente en la oscuridad.
“A pesar de que habla de un tema fuerte, es una obra muy bonita en cuanto a lo humano”, asegura.
Para ella, detrás de las decisiones equivocadas, la violencia y las consecuencias que enfrentan los personajes sigue existiendo una familia intentando despedirse.
“Al final toda mi gente es mi familia y necesitamos que tengan un buen final”, resume.
La compañía ya contempla posibilidades para que la producción tenga vida después de su temporada en el Foro Lenin. Rodríguez explica que existe interés en participar en una convocatoria que podría permitir que la obra llegue a otros lugares e incluso fuera de México, aunque por ahora se trata de un proyecto todavía por concretarse.
Mientras tanto, la actriz también prepara “Macabro”, una producción teatral de terror que, según adelantó, contará con funciones en diferentes teatros de Ciudad de México, Estado de México y otros puntos de la República.
En Ana en Tierra de Amapolas, sin embargo, el horror no proviene de criaturas sobrenaturales. Está en una comunidad dominada por el miedo, en jóvenes que sienten que no pueden escapar de determinadas circunstancias y en una autoridad que intenta decidir hasta qué puede hacerse con un muerto.
Frente a todo eso queda Ana, una mujer que decide enterrar a su hermano.
Y una pregunta que atraviesa toda la historia: ¿hasta dónde estamos dispuestos a desafiar al miedo para conservar la dignidad de quienes amamos?
“Ana en Tierra de Amapolas” se presenta en el Foro Lenin, Mérida 98, Roma Norte, Ciudad de México, durante octubre, noviembre y fechas seleccionadas de diciembre de 2026, a las 18:45 horas.




