El edadismo: La grieta generacional que silencia la memoria del colectivo gay

Expertos y activistas denuncian la «herida de validación» que invisibiliza a los mayores LGTBIQ+, mientras el cine y fundaciones especializadas luchan por rescatar su dignidad y espacios de vida.

Por: Rodrigo Pujol

El brillo de la juventud y la estética física han sido, durante décadas, los pilares de la visibilidad en la comunidad gay, pero esta fijación ha levantado un muro invisible: el edadismo. Este fenómeno, denunciado por expertos como el psicólogo Adrián Chico, revela una discriminación sistemática basada en la edad que afecta a miles de personas LGTBIQ+ que no reciben la atención ni el respeto que merecen. Se trata de una realidad dolorosa donde quienes lucharon por los derechos que hoy se gozan, terminan sintiéndose extranjeros en su propia comunidad.

Adrián Chico, reconocido sexólogo y autor del libro Sobreviviendo al mundo gay, explica que el valor personal en este colectivo suele asociarse erróneamente al vigor físico y al estilo de vida juvenil. Esta tendencia responde a una «herida de validación» que muchos hombres gais arrastran desde la adolescencia. Al no haber sido validados en su etapa de crecimiento, buscan compensar esa carencia intentando sentirse deseados, frecuentemente a través de encuentros sexuales donde la juventud es la moneda de cambio.

Esta dinámica de consumo de cuerpos jóvenes relega a las personas de edad avanzada a la invisibilidad. Según Chico, resulta especialmente trágico que este sector sea ignorado cuando fueron ellos quienes pavimentaron el camino de la libertad actual. La falta de referentes mayores en los espacios de ocio y cultura gay perpetúa la idea de que envejecer dentro del colectivo es sinónimo de soledad o pérdida de valor social.

Para combatir este silencio, es urgente fomentar una mayor inclusión y construir espacios intergeneracionales. El psicólogo subraya la necesidad de reconectar con la memoria histórica, otorgando a la experiencia el valor que le corresponde. Iniciativas como la incorporación de testimonios de mayores en pódcasts y foros públicos son pasos fundamentales para que las nuevas generaciones comprendan que el colectivo es un continuo histórico y no solo un presente estético.

El cine ha comenzado a reflejar esta problemática con obras como Maspalomas, una película que este año logró nueve nominaciones a los premios Goya. La trama sigue a un hombre gay de 76 años que, tras un problema de salud, debe abandonar su vida libre en Gran Canaria para ingresar en una residencia en el norte de España. La obra ha sido aplaudida por su cruda representación de cómo el sistema asistencial convencional obliga a muchos mayores a «volver al armario» para evitar el rechazo.

La realidad de las residencias de ancianos es uno de los puntos más críticos del edadismo. En entornos donde la heteronormatividad es la regla, las personas LGTBIQ+ suelen ocultar su identidad por miedo a represalias o aislamiento por parte de otros residentes y cuidadores. La película Maspalomas, protagonizada por José Ramón Soroiz, pone rostro a este miedo de perder la identidad al final de la vida.

Frente a esta desprotección surge la labor de organizaciones como la Fundación 26 de Diciembre. Esta entidad sin ánimo de lucro se dedica exclusivamente al apoyo, visibilidad y protección de los derechos de los mayores LGTBIQ+. Su trabajo es vital para localizar a personas que, debido a su educación en tiempos de represión, no acuden a los servicios sociales y viven situaciones de extrema soledad.

Federico Armenteros, presidente de la fundación, estima que solo en Madrid existen unas 70,000 personas del colectivo mayores de 80 años que viven solas. El reto de la fundación es encontrarlas, ya que muchas actúan bajo los códigos de ocultamiento con los que fueron educadas durante el siglo pasado. La labor asistencial se convierte así en una misión de rescate de la identidad y la dignidad.

Armenteros insiste en que, aunque hay jóvenes implicados, hace falta un mayor conocimiento sobre la historia del movimiento LGTBIQ+. La intergeneracionalidad no debe ser vista como una jerarquía de «apadrinamiento», sino como un «acompañamiento» horizontal y respetuoso. Este enfoque permite que tanto jóvenes como mayores se reconozcan mutuamente como partes esenciales de un mismo tejido social.

Un hito en esta lucha fue la creación de la Residencia Josete Massa, la primera destinada específicamente a mayores LGTBIQ+ en España. Este proyecto, impulsado por la Fundación 26 de Diciembre, ofrece un espacio seguro donde envejecer sin tener que renunciar a quién se es. Es un refugio contra el edadismo que impera en el resto de la sociedad y en el propio colectivo.

El edadismo también se manifiesta en la falta de políticas públicas específicas para la vejez diversa. A menudo, las instituciones diseñan programas de salud y ocio asumiendo que todos los mayores son heterosexuales o tienen redes de apoyo familiares tradicionales. Esta omisión agrava la vulnerabilidad de quienes no tienen hijos o han sido rechazados por sus familias biológicas.

La solución, según los expertos, pasa por una transformación cultural profunda. No basta con crear residencias segregadas; se requiere que los espacios LGTBIQ+ actuales, desde discotecas hasta centros culturales, sean verdaderamente amigables con todas las edades. Eliminar el edadismo implica dejar de ver la vejez como una etapa de declive y empezar a verla como una etapa de sabiduría y resiliencia.

En Thunder sabemos que la comunidad «le chambea macizo» para ganar derechos, pero no podemos dejar a nadie atrás por su fecha de nacimiento. La lucha contra el edadismo es el siguiente gran paso para lograr un colectivo verdaderamente equitativo y consciente de su historia. Reconocer a nuestros mayores es, en última instancia, asegurar nuestro propio futuro en dignidad.

Construir puentes entre las generaciones que vivieron la represión y las que disfrutan de la libertad es el mejor homenaje posible. Como señala Armenteros, la intergeneracionalidad es la clave para valorarnos de verdad como colectivo y erradicar ese problema silencioso que nos divide. Solo así el orgullo será completo, sin importar las arrugas o los años cumplidos.

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