Un nuevo análisis impulsado por MED-EL revela cómo los pequeños cambios cotidianos al escuchar pueden ser la clave para proteger la salud mental, la memoria y la conexión familiar de las personas mayores.
Por: Rodrigo Pujol Del Toro
Hay transformaciones en la vida cotidiana que solemos achacar de manera automática al curso natural del envejecimiento. Pedir constantemente que nos repitan una frase, subir de más el volumen de la televisión, perder el hilo de una charla cuando hay ruido ambiental o empezar a eludir reuniones sociales que antes se disfrutaban son señales sutiles pero elocuentes. Más allá de asumir que «son cosas de la edad», prestar atención a estas conductas permite comprender lo que vive un adulto mayor y abrir la puerta a una valoración oportuna.
De acuerdo con cifras del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (INAPAM), aproximadamente una de cada tres personas de 65 a 74 años presenta algún nivel de sordera, una proporción que asciende hasta cerca del 50% en mayores de 75 años, mientras que el Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) señala que esta condición afecta hasta al 30% de los adultos mayores de 85 años. Lejos de ser un inconveniente menor, desatender la salud auditiva desencadena una serie de efectos colaterales que impactan profundamente en el bienestar emocional y cognitivo.
El vínculo entre audición, aislamiento y salud cerebral
La pérdida auditiva —como la presbiacusia, caracterizada por la disminución progresiva de la capacidad para percibir sonidos— exige que el cerebro realice un esfuerzo constante y extenuante tan solo para descifrar el entorno. Con el tiempo, esta fatiga comunicativa genera frustración, inseguridad y una tendencia natural a replegarse en espacios silenciosos.
Es aquí donde el problema trasciende el plano físico. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha advertido que la hipoacusia no atendida se relaciona directamente con el aislamiento social y con un mayor riesgo de deterioro cognitivo y demencia. Aunque una mala audición no provoca por sí misma estas condiciones, la desconexión del entorno debilita los estímulos cerebrales indispensables. A esto se suma el impacto emocional: en un país donde la Secretaría de Salud estima que 3.6 millones de adultos viven con depresión, las dificultades de comunicación y la pérdida de convivencia representan factores de riesgo que familiares y especialistas no deben pasar por alto.
La importancia de la detección y el acompañamiento familiar
Identificar los cambios a tiempo marca la diferencia entre el aislamiento y una vida plena. Señales como cansancio tras conversar, respuestas desfasadas o preferencia por reuniones íntimas justifican una visita con el especialista.
Como explica la Dra. María Fernanda Alderete, Médico Audiólogo y de Soporte Clínico en MED-EL:
«Escuchar significa mucho más que percibir sonidos: permite mantener conversaciones, disfrutar la compañía de la familia y seguir participando en aquello que nos importa. Ante cualquier cambio en la manera de escuchar o comunicarse, es importante buscar una valoración auditiva. Hoy existen distintas alternativas, desde auxiliares auditivos hasta soluciones implantables de origen austriaco, que se adaptan a las necesidades de cada persona. Lo importante es encontrar la opción que favorezca su confianza, autonomía y conexión con las personas y momentos significativos de su vida».
Para los familiares, el rol es fundamental: hablar de frente, evitar gritar desde otra habitación, procurar entornos con bajo ruido ambiental y acompañar con empatía durante el proceso de diagnóstico fortalece la confianza del adulto mayor y preserva los lazos afectivos. Para conocer más sobre alternativas tecnológicas en salud auditiva, puedes visitar el sitio oficial de MED-EL.
Nota del editor: Cuidar los oídos de quienes amamos es también cuidar sus recuerdos, sus risas y su lugar en el corazón de la familia. Escuchar con atención es la mejor forma de demostrar amor y compañía.
Para contactar al editor escribe: editor@thunder.mx.
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