Cómo la marca impulsa la preservación del chile mexicano con ciencia, innovación y orgullo cultural

Por Rodrigo Pujol Del Toro
En México, el chile no es solo un ingrediente: es identidad, memoria colectiva y una herencia que atraviesa regiones, cocinas y generaciones. Sin embargo, este patrimonio enfrenta hoy retos reales derivados del cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la estandarización de los cultivos. Frente a este escenario, Tajín decidió ir más allá del anaquel y apostar por la preservación del origen, invirtiendo en investigación agrícola para proteger lo que hace único al chile mexicano.
Desde 2015, la marca creó el Centro de Investigación y Campo Experimental (CICE) en Tala, un espacio donde la ciencia aplicada se encuentra con el conocimiento agrícola tradicional. El objetivo es claro: conservar las variedades originales de chile y asegurar que sus atributos esenciales —sabor, aroma, color y tamaño— se mantengan vivos a lo largo del tiempo.
El CICE funciona como un laboratorio vivo. Aquí se desarrollan procesos de investigación genética, control de microclimas, injertos y cultivo de precisión que fortalecen la resistencia y productividad de las plantas sin alterar su identidad. El resultado es una agricultura más eficiente y sustentable, alineada con el respeto por el ingrediente.
Actualmente, el centro trabaja con siete especies fundamentales del chile mexicano, entre ellas ancho, guajillo, pasilla, de árbol y chiltepín. Estas variedades no solo representan una parte esencial de la gastronomía nacional; concentran perfiles sensoriales únicos que, de perderse, no pueden replicarse. Preservarlas es proteger una parte del ADN culinario del país.
La tecnología también juega un papel clave. El CICE cuenta con una línea de siembra automatizada capaz de procesar hasta 300 charolas por hora, logrando tasas de germinación superiores al 90%. Esto permite un control preciso desde las primeras etapas del cultivo, optimiza recursos y reduce desperdicios. Además, la aplicación de la técnica de injerto extiende el periodo productivo de las plantas de tres hasta ocho meses, disminuyendo la necesidad de agroquímicos y elevando la eficiencia agrícola.
Otro pilar del proyecto es la certificación Global GAP de su vivero, que garantiza estándares internacionales de calidad, inocuidad y sostenibilidad. Para Tajín, este respaldo no es un trámite: es una condición indispensable para competir en mercados globales cada vez más exigentes sin comprometer el origen de sus ingredientes.
Más allá del rendimiento, el CICE cumple una función estratégica: conservar la riqueza genética del chile mexicano. En un mundo donde muchas variedades tienden a desaparecer, la investigación permite identificar suelos y climas ideales para cada especie y asegurar que su diversidad sensorial perdure. Innovar, en este caso, no significa cambiar el sabor, sino defenderlo.
Este enfoque ha permitido que los sabores nacidos en México lleguen hoy a más de 65 países, incluyendo Estados Unidos, España, Japón y Sudáfrica. La expansión internacional de Tajín se sostiene en un modelo que combina investigación científica, control de calidad y respeto absoluto por el origen.
Con el CICE, Tajín deja claro que preservar el chile es preservar la identidad. Cuidar una semilla es proteger una historia, un territorio y una forma de entender la cocina. En tiempos de homogeneización global, la marca demuestra que la innovación puede —y debe— ser una aliada de la tradición.
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