Entrevisté a su director operativo Jaco Luchtan y entendí por qué su obsesión no es el volumen, sino crear momentos que te cambian el ritmo… y la cabeza.

Por: Rodrigo Pujol Del Toro
Hay hoteles que funcionan como “base” para dormir y salir corriendo. Y luego está TASMAN, una marca de hospitalidad que se siente más como una filosofía de viaje: moverte, mirar con calma, reconectar con el destino y contigo, sin renunciar al diseño, la comodidad y esos detalles silenciosos que te cambian toda la experiencia. En mi recorrido y entrevista con su director operativo, me quedó clarísimo que aquí la apuesta no es competir por miles de habitaciones, sino por algo más raro en la industria: profundidad.
Su punto de partida fue casi una confesión personal: “Operé Airbnb por cinco años y me aburrí”, me dijo. Lo que vino después fue el giro que explica todo lo que están construyendo: “Me di cuenta de que lo que el mundo necesitaba ya no era Airbnb, sino que la gente conectara con la naturaleza y consigo misma… estar presente”. comenta: Jaco Luchtan. De ahí nace TASMAN como plataforma de hoteles boutique con una misión simple y ambiciosa a la vez: ayudarte a salir de la zona de confort sin convertir el viaje en algo extremo, sino intencional.

Esa intención se resume en su mantra: “Your Journey, Our Passion”. TASMAN no diseña hoteles para “pasar la noche”, diseña espacios para vivir el destino. Y lo aterrizan con una idea que me pareció brillante por lo humana: si piensas en tu año pasado, lo más memorable probablemente fue un viaje —un atardecer exacto, una conversación larga, ese momento donde todo se alineó—. Él lo dijo así: “La idea es que los espacios sean lugares donde crees momentos trascendentales, que te marquen”. Y remató con su obsesión: que recuerdes Puerto Escondido con TASMAN, no solo Puerto Escondido, nos cuenta Jaco Luchtan.
Lo más interesante es su criterio de curaduría: no persiguen “lo que vende”, persiguen proyectos que son outliers en su mercado. Me explicó que, en estos primeros dos años, “los proyectos nos han elegido”, y la suerte —o el ojo— ha sido que han sumado propiedades con personalidad clara: un hotel rosa de diseño en una zona dominada por grandes resorts, un refugio holístico entre selva, un resort de kite en el Mar de Cortés, y un portafolio urbano en CDMX donde el diseño y la arquitectura son parte del viaje.

Su regla no escrita es muy TASMAN: si es urbano, tiene que ser hermoso, con diseño y una propuesta extra (no solo “una habitación”); si no es urbano, tiene que estar en la naturaleza. Y ahí aparece el perfil del huésped TASMAN: “Un viajero curioso, que busca sorprenderse… simple, que no quiere que lo sobre-atiendan, pero sí que le cuiden lo invisible”. Esa frase, “lo invisible”, se repitió como un hilo conductor: no basta con una propiedad bonita; “tienes que obsesionarte con la operación detrás, con esos detalles que el huésped no ve, pero siente”.
Esa filosofía se vuelve tangible en su “guest journey”. Me contaron que cada propiedad diseña la llegada como el primer “momento de asombro”: te invitan a sentarte en un espacio central y te reciben con una taza de cacao con cardamomo y miel. No es un gesto decorativo: “eso abre al huésped”, me dijeron, porque la conversación empieza desde un lugar cálido, sensorial y profundamente mexicano. Y desde ahí, con observación (sin invadir), personalizan micro-experiencias: desde reservarte una clase de yoga ya pagada hasta conectarte con planes que hacen que el destino se sienta curado, no improvisado.

También me llamó la atención su visión sobre F&B: no querían entrarle —“es complicado”—, pero entendieron algo clave: “no puedes dar una experiencia si no tienes paladar”. Hoy ya construyen una línea gastronómica con estándares de calidad y una narrativa común entre propiedades, sin borrar lo local. Me lo dijeron directo: cada hotel tendrá su oferta propia “dependiendo de donde esté”, y el objetivo es que su impacto sea más bajo y más coherente: comprar local, integrarse al barrio, sumar sin invadir.
En sostenibilidad y responsabilidad social, TASMAN lo trabaja desde lo operativo y lo comunitario: eco-toiletries, green cleaning y desarrollos con enfoque eco real estate, como Amina Wind Resort (energía solar y biodigestores). Pero también hay una dimensión social que no se presume como discurso: en propiedades cercanas a comunidades pequeñas, su política es que el talento venga de ahí, abriendo camino a personas que venían de agricultura o pesca para integrarse a hospitalidad y crecer.

Y si hablamos de innovación real, su próximo flagship en CDMX suena a futuro: Casa TASMAN, un hotel modular vertical que, según me contaron, “se construyó en nueve días” con módulos armados en bodega para reducir ruido, basura y fricción urbana. Incluso enviaron chocolate a vecinos como gesto de cortesía. Detalle mínimo, señal enorme: hospitalidad también es cómo construyes.
¿Hacia dónde va TASMAN? Su respuesta fue consistente con todo lo anterior: “No buscamos volumen, buscamos profundidad”. Hoy operan con contratos y algunas propiedades propias, pero el plan a cinco años es empezar a construir hoteles TASMAN desde cero: elegir tierra, diseñar con su visión y consolidar una marca que se reconozca por su narrativa de curiosidad, diseño, naturaleza y operación impecable. Ya son alrededor de 70 personas en el equipo, sumando especialistas en marketing, revenue, operaciones y alimentos y bebidas, justo para “estar a la altura de los hoteles que traemos”.

TASMAN nació del movimiento (literal), de una crisis que obligó a replantearlo todo y de una idea muy contemporánea: viajar para volver a ti. Y si algo me quedó claro tras este recorrido es que su lujo no está en lo ostentoso: está en lo intencional, en lo humano y en esa obsesión por hacer que lo “pequeño” se sienta enorme.
Si quieres asomarte a su universo, aquí están sus canales oficiales: Be Tasman y su Instagram be.tasman.
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