El documental que revela el lado más oscuro (y humano) de una de las boy bands más grandes de la historia del pop

Por Rodrigo Pujol
Durante más de tres décadas, Take That fue sinónimo de éxito masivo, histeria colectiva y récords en listas. Pero detrás de los himnos generacionales, los estadios llenos y los millones de discos vendidos, hubo también control, egos, rupturas dolorosas, problemas de salud mental y silencios que casi terminan en tragedia. Todo eso —por primera vez sin filtros— queda expuesto en Take That, el nuevo documental que acaba de estrenarse en Netflix.
A lo largo de tres episodios, la serie reconstruye la historia del grupo desde sus inicios a principios de los noventa, cuando el promotor Nigel Martin-Smith reunió a Gary Barlow, Mark Owen, Howard Donald, Jason Orange y Robbie Williams para competir directamente con el fenómeno de las boy bands estadounidenses. La fórmula funcionó… pero tuvo un costo altísimo.
El documental muestra con crudeza cómo el éxito acelerado —45 millones de discos vendidos y 12 números uno en Reino Unido— convivió con una estructura de control férrea, favoritismos, comparaciones internas y una identidad impuesta antes de que los integrantes terminaran de construir la propia. “La identidad del grupo se formó antes de que tuviéramos la nuestra”, reconoce Mark Owen en uno de los momentos más reveladores.
Uno de los ejes más duros del relato es la salida de Robbie Williams en 1995, en plena cima del grupo. Lejos del mito romántico del “artista rebelde”, el documental revela un joven profundamente deprimido, atrapado en adicciones y aislado emocionalmente. “Volvía al hotel y me ponía hasta arriba para olvidarme de todo”, se escucha decir a Robbie en declaraciones de archivo. Su salida fue el principio del fin: meses después, Take That anunció su disolución, provocando un impacto emocional devastador tanto en fans como en los propios integrantes.
Las consecuencias fueron profundas. Gary Barlow habla abiertamente de trastornos alimentarios, celos y el golpe brutal que significó ver cómo la carrera solista de Robbie explotaba mientras la suya se desmoronaba. Howard Donald confiesa que llegó a contemplar el suicidio. Nadie salió ileso de ese primer final.
Pero el documental no se queda en el morbo. El tercer episodio se centra en la reconstrucción: el reencuentro de 2005, ya sin el manager que los controló durante años; las disculpas pendientes; la redefinición del grupo como adultos y no como producto. “La primera vez éramos un negocio. La segunda vez, mandábamos nosotros”, resume Jason Orange.
El regreso fue un fenómeno. Nuevos discos, giras multitudinarias y una reconciliación que culminó en 2010 con el esperado regreso de Robbie Williams para The Progress Tour. Aunque esa reunión no fue definitiva —Jason también acabaría dejando el grupo—, permitió cerrar heridas que llevaban abiertas más de una década.
Hoy, Take That continúa como trío, en la etapa más estable de su historia. Ya no son aquellos chicos moldeados para el mercado, pero siguen llenando recintos y lanzando música nueva. De hecho, el documental cierra con el estreno de una canción inédita, “You’re a Superstar”, como recordatorio de que la historia aún no termina.
Más que una biografía musical, Take That es un retrato incómodo y honesto sobre el precio de la fama temprana, la masculinidad emocionalmente reprimida y la importancia de hablar de salud mental cuando el mundo solo espera sonrisas y hits. Un ejercicio de memoria que explica por qué, 35 años después, Take That no solo sigue vigente: sigue siendo relevante.
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